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La educación alienadora.

Correo recibido en la bandeja cabreada:

Señor Profesor, le envío un artículo a modo de breve ensayo que hice para un concurso de El País. Si cree conveniente su publicación, adelante. Gracias.

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La educación alienadora:

La educación se define como el proceso mediante el cual se transmiten conocimientos, valores, costumbres y formas de actuar. Es un proceso de vinculación y concienciación cultural, moral y conductual. Si bien hay tres tipos de educación, -educación formal, educación no formal y educación informal- sólo me centraré en la primera para ofrecer mi postura acerca del sistema educativo que nos compete. La educación formal es aquella referente a los ámbitos escolares; es una educación estructurada y planificada, y, en la mayoría de los casos, tiene carácter obligatorio.

Bajo la Ley Orgánica de Educación (LOE), el actual sistema educativo mantiene, a grandes rasgos, unos objetivos comunes en todos los niveles de enseñanza:
“Desarrollar el espíritu emprendedor y la confianza en sí mismo, la participación, el sentido crítico, la iniciativa personal y la capacidad para aprender a aprender, planificar, tomar decisiones y asumir responsabilidades.”; “Conocer, valorar y respetar los aspectos básicos de la cultura y la historia propias y de los demás, así como el patrimonio artístico y cultural.”; “Consolidar una madurez personal y social que les permita actuar de forma responsable y autónoma y desarrollar su espíritu crítico. Prever y resolver pacíficamente los conflictos personales, familiares y sociales.”

La teoría se muestra lustrosa para aquellos a los que solo les interesa una buena presentación, empero la praxis dista mucho de concordar con lo pretendido: formar personas críticas y autosuficientes. Es durante la educación cuando la forma de pensar de un individuo se consolida, y si analizamos con detenimiento el sistema en el que se desenvuelve y relaciona, concluimos que las fallas de nuestra educación son condicionantes notorios en la formación de la persona. Lucen nuestros políticos unos semblantes risueños al jactarse de una educación pública y de calidad creada posteriormente a los años dictatoriales que asolaron, culturalmente, el país. Lo que nos cuentan es que no debemos desperdiciar una oportunidad así, y quien lo haga será carne de cañón, el blanco perfecto para enésimas críticas, para con el fracaso. Tras estas sentencias populares se encuentra una educación diezmada por la incompetencia de dirigentes harto egoístas.

La educación formal pretende uniformar a los alumnos proporcionando información que, mecánicamente, han de repetir una y otra vez, aceptando exclusivamente la validez de lo que reciben, para que, ulteriormente, escriban todo lo que tienen que memorizar, que no comprender. Esto se explica, simplemente, mencionando que el Gobierno necesita datos cuantificables que enseñar, colocándose como un siervo de la burocracia en detrimento de un conocimiento duradero. A pesar de los claros objetivos que mantienen todas las leyes educativas, ésta no pone en práctica eso de “fomentar la capacidad crítica”, es más, soterrada la motivación para que germine el supuesto espíritu crítico, lo que sale a relucir en el comportamiento de una persona obligada a estar seis horas sentada en una silla es distracción y desidia. No se fomenta la capacidad de debate, puesto que su cometido es meramente contemplativo; no se estimula la expresión escrita, tampoco la hablada. Los estudiantes no aprenden disfrutando, les aterra y les disgusta el saber por el saber, y que no se encuentren con alguien que sí lo hace: esa persona será la excéntrica, la peculiar; mas no es culpa de los alumnos. Tenemos una educación “industrializada”, esto es, al servicio de la industria. Mantiene numerosos rasgos con ésta, como, por ejemplo, que tiene un carácter estandarizado, regulado y planificado, mermando así la creatividad. Cabe destacar el rasgo más característico, que es el de aglutinar en una misma sala a personas de la misma edad, sin sopesar antes los conocimientos o las facultades que se tengan individualmente. Hay una verdadera “línea de producción” de personas que hace estar a todos al mismo nivel, iguales, y bien se sabe que todos somos diferentes, ergo tenemos tendencia a aprehender mejor o peor tales o cuales cosas en correspondencia con nuestras aptitudes; la educación formal nos priva de aprehender en base a nuestro potencial. “De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades”.

En base a lo expuesto, la nueva proposición de Esperanza Aguirre de poner un “Bachillerato de excelencia” –un bachillerato para los que mejor nota saquen en la ESO-, cae en un elitismo injusto. La enseñanza de “excelencia” debería ser impartida en todos los niveles, sin beneficiar a unos más que a otros. Si esto se pone en marcha, no quiero imaginar la iniquidad que cometerían. Segarían al alumnado en dos grupos: los que tienen futuro en el Bachillerato de excelencia, y los que no. La única solución para que esto no ocurra es que el Gobierno se preocupe por la educación, ya que invierte más en temas bélicos e industriales, asuntos más que exasperantes.

Es necesaria una educación donde los conocimientos y valores preponderen ante la devastadora industria. Pero sin lucha no hay recompensa, y parece que la metodología para perpetuar el poder funciona. La educación es la base de la sociedad, de ella dependen miles de jóvenes, y por ella otros miles no han podido seguir adelante.

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  1. Javier Osorio
    17/05/2011 en 9:41 PM

    Artículo escrito por un alumno cabreado, es decir, un servidor.

  2. Pablo A
    23/05/2011 en 9:04 PM

    ¿Qué tal si nos ponemos legalistas y no cumplimos ninguna ley ilícita?

    La Constitución del 78 prohíbe expresamente el mandato imperativo en el art. 67.2, asumiendo la evolución histórica del sistema representativo hacia el mandato libre y establece el sistema proporcional de listas de partido, que requiere del mandato imperativo, consagrando así una contradicción evidente.
    De este modo, todas las leyes aprobadas desde que entró en vigencia, son inconstitucionales, ya que, ni una sola ley ha sido votada desde 1978 sin mandato imperativo de los aparatos de los partidos a sus diputados.
    ¿Logse?. ¿Roc?,,,,,,,,,,,,,

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